Bajo el convento: dónde empieza Damián
Todo empieza bajo tierra. No en un castillo, no en un campo de batalla, sino en el lugar más silencioso que se le puede ocurrir a nadie.
Todo empieza bajo tierra. No en un castillo, no en un campo de batalla, sino en el lugar más silencioso que se le puede ocurrir a nadie: un convento franciscano. Llevo tiempo dándole vueltas a por qué ese silencio es exactamente el sitio perfecto para esconder algo que lleva siglos esperando.
Un lugar que nadie mira dos veces
Los conventos ocupan un espacio extraño en el imaginario histórico: están ahí, forman parte del paisaje de cualquier ciudad de la época, y sin embargo casi nunca son el escenario de nada. Se dan por supuestos. Esa invisibilidad es precisamente lo que los convierte, para Damián, en el escondite perfecto. Nadie sospecha de lo que lleva siglos en calma.
Bajo ese convento hay puertas. No hablo en sentido figurado — son puertas reales, aunque no del todo naturales, que no deberían abrirse jamás. En las próximas semanas iré soltando más piezas de esta historia: quién las custodia, qué hay al otro lado, y por qué alguien decidió, hace siglos, sellarlas en un lugar donde nadie pensaría en buscar.
El punto de partida de todo
Cuando empecé a escribir Damián, sabía que quería que la historia arrancara desde un lugar de aparente calma para después romperla. El convento cumple esa función mejor que cualquier otro escenario que barajé: es el silencio antes de que todo empiece a moverse.